El tigre y el dragón: China mágica

El realizador Ang Lee comentó alguna vez que su intención al filmar El tigre y el dragón (2000) no era otro sino el llevar a cabo la mejor película de artes marciales jamás imaginada. De acuerdo al resultado obtenido por el cineasta oriundo de Taiwán, es posible reconocer que logró su cometido con creces.

El tigre y el dragón está basada en varios relatos populares chinos, y principalmente en la cuarta novela de una pentalogía, conocida en China como la “Pentalogía de Hierro”, escrita por Wang Dulu. El guión fue elaborado, a partir de estas fuentes por un acostumbrado colaborador de Lee, James Schamus. La cinta, de acuerdo a estas inspiraciones, ostenta muchos elementos de acción, fantasía y amor, trabajados estupendamente por un cuadro de actores de corte internacional, consagrados en el ámbito del cine asiático.

Grandes coreografías y mucho sentimiento

Lee tuvo el acierto de incorporar a su equipo al célebre coreógrafo de peleas Lee Wu Ping, un maestro de las artes marciales, quien siguiendo el modelo del teatro chino, muy acentuado en la expresión física, y superando las convenciones de la naturaleza, puso en vuelo literalmente a los personajes a través de complicados arneses y cables, para permitirles combatir en las copas de los árboles, desplazarse raudos sobre las piedras de los ríos, perseguirse sobre la superficie de las paredes, o impactarse en el aire. De especial sortilegio, en este sentido, resulta la secuencia en donde Michelle Yeoh persigue a un intruso saltando ágilmente sobre los tejados de una aldea china, bajo la luz de una luna inmensa.

Un reparto sobresaliente

El gran Chow Yun Fat, la guapa y talentosa Michelle Yeoh, , y Zhang Ziyi se desenvuelven sin problema alguno, no obstante la gran demanda de esfuerzo físico que exigen sus roles. Y Lee se conjunta con ellos de buena manera, para ofrecer a la audiencia un espectáculo de gran hermosura y profundidad, en donde se percibe que más allá de sus particularidades, mismas que la han caracterizado y tornado célebre en el orbe entero, China comparte con las demás culturas un fondo de magia y metanaturalidad al que siempre es grato volver a fin de recordar que los alcances del espíritu humano siguen siendo infinitos, en su nobleza y su fantasía.

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