China como motor del porvenir

La cultura china parece perfilarse como el relevo perfecto para revitalizar la marcha de la civilización, en relevo de Occidente, ahora que el sistema y las bases ideológicas que la cimentan parecen haberse fragmentado de una manera definitiva.

Se habla de que la actual crisis financiera globalizada se ha detenido, que la dura recesión que ahora padece una gran parte de los países del mundo es temporal y que se perciben visos de una incipiente recuperación. Pero los fundamentos de esa visión progresista de la realidad- que supo salir avante del debate finisecular de los partidarios de la modernidad y sus críticos posmodernos- indefectiblemente se verán estigmatizados, por el enorme fracaso que ha significado, la apertura de pensamiento propiciada por la debilitación de los grandes sistemas de político-sociales.

Agotamiento cultural

En tiempos pasados se pudo observar una insólita paradoja: China fue la que resintió en siglos previos el violento choque con Occidente, hasta el grado de provocar una gran agitación social, que puso en peligro en muchos instantes históricos su integridad nacional.

Cabe recordar con relación a ello, en las violentas intervenciones que China padeció por parte de naciones como Inglaterra o Francia. Y resulta significativo que China sufrió demasiado por esos eventos, por hallarse entonces debilitada, debido a un aislamiento excesivo, un hermetismo desgastante, a lo largo de centurias.

El alba siempre llega de oriente

Paradójicamente, hoy en día, las naciones de Occidente, por la declinación de los grandes metarrelatos cohesionadores de lo social, son las que han menoscabado su propia riqueza, la vitalidad de su esencia, al asfixiar mercadológicamente la pluralidad cultural de las minorías. Y China es la que en la actualidad ha sabido preservar ese caro recurso, obteniendo provecho de esa voluntad de autoprotección. El poderío chino en materia comercial, sirve de ariete incontenible para la paulatina penetración de su cultura en todos los rincones del orbe. Estados Unidos y sus aliados se muestran impotentes ante esta marea que pacientemente anega el imaginario de la globalización, fragmentándolo desde dentro.

El porvenir se avizora de rojo. Pero esperemos que no sea más ese rojo que se confundía con un escarlata funesto, presagio de violencia y ambición ilimitada, y que se extinguió, como horizonte, confundido con su propio espejismo. El futuro del planeta se avecina lleno de luz, una insólita alba roja, la sangre del un dragón que nunca feneció, y que parece recordarse por fin en su vuelo eterno.

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