China, Borges y los laberintos

Recordemos la trama del relato de Borges, “El Jardín de los senderos que se bifurcan”: Yu Tsun es un espía al servicio del gobierno alemán, que se encuentra acorralado por el militar Richard Madden.

Escape al jardín sin salida

En medio de su huída, Yu Tsun decide buscar al sinólogo Stephen Albert. Poco después el espía chino encuentra el domicilio de Albert en el directorio telefónico. Al acudir allí, Albert identifica en Yu Tsun a un descendiente del sabio chino Ts’ui Pên, célebre por haberse propuesto a construir una novela infinita y el más complejo laberinto.

Paulatinamente, se descubre que el libro en cuestión, titulado “El Jardín de los Senderos que se Bifurcan”, es el laberinto en cuestión, en donde personajes que morían en ciertos pasajes de la trama, reaparecían vivos en las siguientes, y en donde la capciosidad de manifestaba no en la espacialidad sino en la temporalidad. Al final, ante la inminente llegada del capitán Richard Madden al lugar, Yu Tsun decide actuar, y abre así una nueva posibilidad del laberinto.

La realidad como un dédalo irresoluble

Posiblemente la China de Borges, la imagen de la legendaria nación en la mente del prodigioso literato, sea más valiosa por la sabia distancia con que contempla su dilema existencial. China para Borges podría ser la visión especular de Occidente, pero una perspectiva tan notable, que le presenta particularidades desconocidas, inauditas y fascinantes.

Occidente se maravilla de su propia condición reflejada en la pureza de ser de la esencia china. Lo que define a China es constituirse como un espacio amurallado, oculto, disimulado, en cuyo interior cualquier cosa puede suceder. De tal suerte que las sendas del laberinto que crece en torno a la idea de China en la mente occidental, son las diferentes perspectivas que se generan acerca de su inextricable naturaleza, sus crípticas honduras, el corazón secreto de su ser. Mucho se admira en el mundo a los acertijos chinos, esas artesanías preciosas y extremadamente lúdicas.

Sin embargo, gracias a Borges podemos comprender, con el mismo azoro que caracteriza a los eternos extraviados en el Jardín de los Senderos que se Bifurcan, que China entera es un enigma, un acertijo un laberinto colosal en donde la realidad misma parece haber olvidado (voluntariamente) su nombre y sueña ahora, inventándose, nuevos, nueva, un instante tras otro.