El Viejo Maestro y el Tao
Lao Tse, contemporáneo de Confucio (siglo VI-V a de C) como todos los grandes transformadores de la historia nació, envuelto en la leyenda: se cuenta que su madre, virgen, lo llevó en su interior durante más de ochenta años, para finalmente darle a luz bajo la axila izquierda, cuando un rayo de sol le inundó la boca mientras reposaba bajo un enorme ciruelo. Así llegó al mundo Lao Tse, el niño viejo, un infante que con el rostro arrugado y la larga barba blanca, antes de pedir alimento se puso a meditar en silencio.
Lao Tse fundo el taoísmo, toda una filosofía china de vida. La enseñanza capital del taoísmo es el no-hacer (wu-wei) que no alude a pasividad alguna, sino que anima a no llevar a cabo acciones a contra natura. El Tao pondera la espontaneidad, la sabiduría de permitir que las cosas del mundo tomen su rumbo natural, para poder armonizarse en la propia confluencia de los caminos existenciales y ser parte del Tao (Todo).
El enigmático logos del Oscuro
Por su parte, Heráclito, apodado el Oscuro por su hermético estilo aforístico, fue un sabio de Éfeso, empeñado en enfrentarse vivencialmente con la manifestación del misterio insondable de la deidad, expresado a través de enigmas y acertijos, justo a la manera en que se comunicaba el dios en los oráculos, como en Delfos. Para Heráclito la expresión más característica del dios en el mundo era a través del logos, que simbolizado por el fuego era la palabra, el discurso rector de los acontecimientos del mundo la cuenta y razón de todos los acontecimientos.
Mudable, divinal, caprichoso como el fuego, no obstante, era preciso según Heráclito identificar de entre todas las apariencias falaces del mundo: el devenir, el tiempo, la decadencia; la verdadera realidad del logos- entendiendo verdad como aletheia, es decir, un movimiento que devela y que oculta a la vez. Saber la razón-el logos, del porqué de las cosas, era para Heráclito saberlo todo: una ígnea iluminación interior.
Logos y Tao: el límite del mundo
Tanto Heráclito como Lao Tse fueron personajes solitarios que gustaban de aislarse de los asuntos mundanos. Su mayor coincidencia podría ser el haber tenido la intuición de que hay un elemento indecible, aunque simbolizable (Logos/Tao), que determina el derrotero de todos los demás elementos del mundo. Ser sabio, como ambos, es saber vivir con /por ello, hasta el último aliento. El resto es silencio.




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